lunes, 15 de septiembre de 2008

Motores del Universo

Eros: el impulso vital, la creación, el deseo…Amor
Thanatos: la muerte, la destrucción, la apatía, la indolencia…Odio

¿Cómo identificar una sin la existencia de la otra? Lo que los orientales llamarían el yin y el yang: la alternancia entre algo y su opuesto; y como todo lo que nos mueve: definido por el grado alcanzado dentro de los opuestos.

Dos fuerzas que dirigen al hombre como individuo, pero ¿podría decirse que, como sociedad, nos encontramos gobernados más por una tendencia que por la otra en cada momento histórico?

Tener a Eros de nuestra parte es imprescindible para una existencia feliz. Sin deseo no se construye nada y no hablo solo del sexual (siempre deseable –valga la redundancia-), sino del deseo como motor para actuar, para crear y siempre belleza porque está guiado por el amor, del que también forma parte.

Bajo el Sol

Me gusta el ardiente sol dorándome la piel, tamizado por la protección sesenta que equilibra el fuego abrasador transformándolo en cálido placer. Me encantan estos primeros días de junio donde la brisa aún es fresca y agita mi pelo sedoso y suelto. Desearía que el sol pudiera acariciar mis pechos y broncearlos, pero las normas de la urbanización no lo permiten.

Las reglas dictadas por estas matronas tardías de vientres estriados y pechos caídos escondidos detrás de los pareos, que no desean ver como sus maridos babean al ver cimbrear mi cuerpo fresco y turgente en todo su esplendor, haciendo surgir esos deseos que ellas ya no son capaces de suscitar. Y si al menos ellos se atrevieran a algo más que a lanzarme miraditas de reojo mientras remojan sus barrigas cerveceras y sus calvas más que incipientes.

¡Qué asco de vecindario! Allí aparece Fermín, este al menos tiene un tipo aceptable y sus manos fuertes serían capaces de arrastrar la pereza de mis músculos, si los sometiera a un aceitoso y profundo masaje con esa ternura que parece destilar, podría retozar con él sobre la hierva de la piscina hasta aullar de placer bajo la luz de la luna llena... Pero solo tiene ojos para su insignificante mujercita, es monilla y tiene buen tipo, una de esas tontas muditas que tanto le gustan a los hombres.

Allí se mueve una cortina, el que faltaba: Teo, el único soltero de la urbanización, no es feo pero ya debe rondar la cuarentena, si al menos fuera más decidido, ni siquiera se atreve a mirarme a los ojos cuando nos cruzamos. Eso si, soy la preferida del teleobjetivo de su cámara, aunque ya me he cansado de destapar discretamente mis senos para que pueda fotografiarlos y luego se masturbe en la soledad de su cuarto noche tras noche deleitándose y soñando con poseerme, mientras su mamá duerme como una bendita en la habitación contigua.

Pensaba que mis insinuaciones le animarían a un acercamiento, pero ha sido peor desde entonces, creo que sus escasas fuerzas se han disipado totalmente en múltiples, recónditas y solitarias eyaculaciones.

Hoy de nuevo solo me queda el placer del sol, de su abrazo que me posee sin ambages, de su fuerza que inunda con su plenitud todos los poros de mi piel, de sus rayos que me golpean hasta dejarme exhausta, haciéndome vibrar y destilar todo el placer que deseo sentir.

El Asceta

Me convertí en un asceta de metrópoli, sin ganas de probar ningún tipo de contacto carnal que me devolviese el recuerdo de sabores lejanos y sabrosos.

Aniquilado de deseo, no podía incitar mi cuerpo a recordar momentos gloriosos de placer, ni siquiera las mujeres de las marquesinas de los autobuses que sonreían insinuantes en ropa interior, hacían que se alegrara el que antes había sido el miembro mas importante de mi cuerpo.

Me encerré en casa y me dispuse a darme una ducha purificante. Abrí la alcachofa que empezó a escupir agua, primero un poco fría luego más cálida, tan tibia como mi propia temperatura corporal. El agua caía como agua de lluvia, abundante, leve. La fuerza del agua dibujaba mapas de gótitas en mi espalda. Me senté debajo de la ducha y escondí mi cabeza entre las manos. Experimenté la necesidad de estirarme en la bañera, coloqué mi espalda contra la pared de la bañera. Tensé mis piernas haciendo fuerza de palanca contra la otra pared y apoyé mi abdomen sobre el suelo de la bañera. El chorro casi con vida propia pareció moverse y mojar con fuerza mi abdomen que descansaba plácido. Si, ese agua cálida, golpeaba mi sexo griego que había sido abandonado a su suerte.

El cosquilleo del agua tenia poderes milagrosos. Lo supe a través de la abundante cortina de agua que separaba mi cabeza de la parte inferior de mi cuerpo. Sentí que reaccionaba como en el pasado y mi voluntad no servía para someterlo. El agua implacable caía en mí miembro, con orgullo se elevó al ritmo de la caída del agua sin ayuda. Yo, atónito, al otro lado de la cortina de agua, observaba el milagro. Consciente busqué más excitación, más placer, y moví mis caderas al son del agua, no quería que se acabara ese baile.

Me movía en silencio con la respiración casi contenida, sabiendo que eran unos momentos íntimos de placer desconocidos. Jadeé con furia. Dejé que por mi boca, se escaparan gritos que bramaban alegría, por fin sabia que era posible lograr un placer solitario. La furia del agua que escupía mi propio cuerpo, me llevaron al extremo del placer, tumbado en la bañera.. Sin mirones ni observadores letales de mi deseo, me sentí libre por fin de gozar conmigo mismo en un sólo acto brutal.

Me sorprendí acariciando mi propio cuerpo, con vicio, admirando lo refinado de mis formas, el gusto de mis músculos esculpidos por años de sacrificio, piernas e ingles firmes, mi pecho como una pista de patinaje, mis brazos un poco velludos y unos pies largos y esbeltos. Mi boca levemente entreabierta, dejaba escapar mis suspiros de gusto y satisfacción. Un nuevo ritmo corporal se había instalado en mi, era el dueño de mi propio orgasmo y quería hacerlo perdurar todo lo que pudiese.

Una extraña sensación de victoria me inundaba, mi propio regalo era yo mismo. Yo era el destinatario de tanta belleza y el único que conseguiría disfrutar de ella con plenitud.
El agua caía abundante, con lentitud me incorporé. Me sentía feliz, nadie podría adivinar los placeres tan deliciosos que me tenía reservados mi nueva vida.
Definitivamente me convertí en un asceta.

Pasión Silvestre

Un suave aroma a tomillo y lavanda penetró por mi nariz, al tiempo que la primera luz del amanecer me iluminaba la retina con un brillo nacarado. El esplendor del campo abierto, cubierto de rocío y despertando a un nuevo día, llenó mis miembros de vigor y estimuló mi naturaleza animal de un modo salvaje.

Como cada día, me desperecé largamente y dejé que la sangre caliente fluyera a lo largo de todo el cuerpo, liberándome del entumecimiento nocturno.

Caminé unos cuantos pasos y miré a mí alrededor, no había nada a la vista pero sin embargo la sensación de una fuerte presencia empezó a inquietarme.

Un sutil olor a hembra se manifestó de improviso, haciendo que se me dilataran las pupilas y acelerándome la respiración. Miré con gran atención y allí estaba ella.

Era preciosa !!. Su figura estilizada, de suaves curvas y redondas turgencias, se mostró ante mí en todo su esplendor. El contraluz del Sol mostraba su contorno rodeado de una miríada de diminutos granos de luz, que brillaban y giraban en enloquecidas danzas de fulgor.

Nos miramos mutuamente y una corriente eléctrica saltó entre nosotros. Me dirigí hacia ella y nuestros rostros se acercaron hasta casi tocarse. El olor de su pelo sedoso y la calidez de su cuerpo me envolvieron como un velo de seda. Una tremenda excitación me erizó el vello y el corazón latió desatado como queriendo salirse del pecho. Sentí que la pasión se derramaba como un charco de agua sucia.

Retrocedió unos pasos y se paró sobre una plataforma de piedra alfombrada de tréboles silvestres y rosas de Genciana, que con el calor del Sol naciente exhalaban sus aromas y nos rodeaban de una atmósfera pesada y sensual.

Me situé detrás, mientras que ella con la respiración agitada y un imperceptible temblor en el cuerpo, esperó inmóvil mi reacción.

Sujeté sus caderas con las manos y pegué mi cuerpo contra el suyo. Un estremecimiento nos recorrió al unísono. Reaccionó instantáneamente, abriendo las piernas y ofreciéndome su jugoso fruto del placer.

Ciego de pasión, me introduje dentro de ella de una manera violenta y explosiva. Noté como la sangre se agolpaba en mi rostro y casi sin darme cuenta inicié una frenética danza pélvica.

Tres segundos más tarde todo había terminado. Con gran satisfacción, solté mis manos de sus caderas y las puse en el suelo.

Ella avanzó unos pasos y sin mirar para atrás se alejó dando pequeños saltitos, mientras olisqueaba unas ramitas de salvia.

La pequeña conejita se distanció de mí suavemente mientras que yo, ya satisfecho mi ardor, me concentraba en buscar las jugosas zanahorias silvestres que solían formar parte de mi desayuno.
Quizá en poco más de un mes, unos gazapillos como temblorosas bolas peludas manifiesten mi virilidad matinal.

Para ser sinceros, me importa un bledo.

LA CEREMONIA

El hotel era correcto, céntrico, frío y aséptico. La alfombra del recibidor parecía mullida y mis pies se quedaron clavados entre mechones de larga lana. No podía tragar saliva y el corazón golpeaba mi pecho con fuerza. Cerré los ojos y con pasos muy cortos seguí avanzando notando como mi corazón se salida del pecho, y seguí avanzando y avanzando y avanzando. La cita era a las 4 de la tarde porque tenía que acabar antes de las 7 y sería demasiado complicado dar explicaciones sobre mi falta de puntualidad.

El toque suave pero contundente de la puerta me sacó bruscamente de mis pensamientos. Abrí, le miré y acto seguido e instintivamente bajé la mirada. Pasó sin saludar y las primeras palabras que oí de su boca fueron:
- ¿Sabes lo que te costará, verdad?.
- Por supuesto.

Su voz carecía de personalidad, me preguntó si me quitaría yo la ropa o me desnudaba él.
- Prefiero hacerlo yo sola.

Se sentó en una butaca y observó como fui despojándome de cada prenda. Su mirada era provocadora a la vez que ansiosa no tanto en deseo como en premura. Me dejé caer sobre la cama con los brazos en forma de cruz y con tan solo una braga de algodón blanco sobre mi cuerpo observé como él se desnudaba y se colocaba de rodillas a la altura de mi cintura. Colocó las manos sobre mis pechos y acercó su boca a uno de mis oídos.
- ¿Qué quieres?.
- Quiero todo y luego más.

Un olor amargo me produjo una primera nausea pero al notar su erguido miembro bajando por mi estómago y rozando mi ombligo la nausea se transformó en escalofrío y el escalofrío en ansia y el ansia en deseo. No fue rápido, primero jugó con su lengua en lugares donde jamás había llegado ni siquiera el agua de la ducha. El olor fue más fuerte y empecé a notar como mi cuerpo se rendía y se convulsionaba en rítmicos espasmos que seguían una melodía jadeante. Abrí más las piernas al tiempo que cerré los ojos y sentí un brusco empujón dentro de mi que me estremeció. El ritmo fue aumentando y la pérdida de control acompañó a la de la inocencia. Más olor y un mar de agua entre los dos. Mi voz sin control pronunciaba una mezcla de palabras obscenas mezcladas con Dios mío y mío Dios. La explosión llegó no sé cuando, no se cuanto pasó, cuanto perdí, cuanto gané, cuanto pregunté y cuanto lamenté.

El resbaló de mi y cayó al lado sudoroso y asombrado por la dificultad.
- ¿Ha estado bien esto? ¿era lo que buscabas?.
- Quiero más, seguro que hay más.
- Pues, hay... cien euros más.
- De acuerdo, termina.

Volvió sobre mi y me dio la vuelta. Mis brazos seguían en cruz y mi cara pegada sobre la sábana ocultó toda la vergüenza y el placer y en aquella oscuridad se refugió la boca que seguía blasfemando. Mis manos se cerraron apretando las sábanas y cerrando en un puño todo el pasado. Mi cuerpo ya no era mi cuerpo. Era un cuerpo más, era su cuerpo y el del mundo. No sé cuanto tiempo pasó. Me perdí y perdí mi cuerpo.

Una vez terminado el trabajo “él” me preguntó porqué. Había sido distinto y su trabajo no había resultado el habitual.
- Mañana me caso, mañana me visto para EL, mañana leeré mis votos y mañana renuncio a “ti” y me entrego a EL.

Era un día claro, las campanas de la iglesia sonaban y un coro se oía a lo lejos. Ya era para EL para siempre y mi vida también y mi alma y mi cuerpo.... pero mis ojos ya no miraban el mundo, sólo veían y EL me aceptó. Era mayo, mi vestido era blanco y las hermanas del convento de Santa Mónica me esperaban.

Mi destino se llamaba “clausura”.

lunes, 4 de agosto de 2008

1er Concurso de "Relatos Eróticos".


Se convoca el 1er concurso de Relatos Eróticos "Club del Libro" 2008.


Se trata de escribir un relato pleno de erotismo y "sabrosura", con una extensión máxima de 500 palabras.


Los originales se deberán remitir a la dirección de correo electrónico de Fernando, antes del dia 15 de Septiembre.


Estos originales se publicarán en el Blog, de manera anónima, y por riguroso orden de recepción.


A continuación, se procederan a votar durante un periodo de una semana. Cada perteneciente al Club del Libro podrá votar a un máximo de 3 relatos ( no hagais trampas !!!), siendo Fernando el único excluido por conocer la identidad de los autores :´(


El resultado de la votación se dará a conocer durante la reunión de Septiembre del Club del Libro.

martes, 22 de julio de 2008

Libro del Próximo mes: "PABELLONES LEJANOS"

PABELLONES LEJANOS de KAYE, MARY MARGARET
BELACQUA DE EDICIONES Y PUBLICACIONES, S.L.
15.0x22.0 cm 1152 pags
Lengua: CASTELLANO Encuadernación: Tapa duraISBN: 9788496326712 Nº Edición:1ª Año de edición:2006Plaza edición: BARCELONA

martes, 27 de mayo de 2008

El librero de Kabul de Åsne Seierstad




El librero de Kabul
Åsne Seierstad

Agradable tertulia de final de curso en Arroceria Gala. Idas y venidas de camareros, paella valenciana y risoto italiano muy sabrosos. Cena salpicada de reflexiones sobre la intolerancia, el fanatismo del regimen Taliban, de la situacion penosa de paises como Afganistan que parecen condenados a no salir del obstracismo en el que habitan desde hace siglos.
El libro, la historia en sí, a pesar de parecer una puerta abierta al progresismo (como insinua el propio Librero en sus inicios) sucumbe al peso histórico de la tradicion machista y religiosa en la que el cabeza de familia cual dictador, decide el destino de sus hijos e hijas negando toda posibilidad de libre albedrio, dejando por ello una amarga estela de desencanto en todos ellos, en la sociedad y en el propio Afaganistan.
Libro de corte periodistico que da testimonio de lo que pasa, de lo que ocurre lejos de este privado, seguro y sofisticado mundo occidental.
Despues en la Terraza del Hotel de Santa Ana, con la luna lunera mas reluciente que nunca y la musica chill out de fondo, con los tertulianos sentados en los cubitos de diseño, y nuestros papelitos blancos de intercambio cultural, viviamos ajenos a las postales que roba un pobre impresor para vivir. Casi como una secta, como un gheto en el chill out madrileño, decidimos nuestra lectura del verano" Pabellones Lejanos" mientras alguna "garota de Ipanema" de piernas largas y bronceadas se paseaban cerca de nuestro territorio.
Como colofón, la promesa de un algo erótico en nuestro haber , el mini relato con jadeo o sin él, pero erótico y hasta abrasivo por favor.
Felices Vacaciones!

martes, 6 de mayo de 2008

CRONICA DE "OPINIONES DE UN PAYASO"

La reunión sobre "Opiniones de un Payaso" de Henrich Boll, fué bastante amena y dió lugar a muchos comentarios sobre la postguerra alemana. Mayte encontró un blog donde se comentan los aspectos principales de este libro que reproduzco a continuacion dado que me parecen mas acertados que cualquier otra valoracion que se pueda hacer. Comentar que a Isa no le gustó nada el personaje, al resto parece que nos ha gustado algo mas aunque es un libro lento y algo pesado, muy aleman diría yo. Os dejo con la critica que os comentaba:
Es la historia del arte y del amor. Es la historia de Alemania y de la generación de la posguerra. Pero es también la historia de muchas otras generaciones, perdidas como la mía, que han terminado pagando los platos rotos de la Historia. Posguerras que no se acaban nunca, que de pronto parecen incluso peores que la guerra misma, porque al payaso le toca presenciar cómo todos a su alrededor se reacomodan, con descaro o ceguera oportunista, y cómo él, educado entre el miedo y la crueldad, es dejado como un mendigo en medio del carnaval, cantando en la estación de trenes a la espera de unas pocas monedas que premien su acto. Le duele la rodilla al joven Schnier. Y es un dolor que le impide seguir trabajando, ganándose la vida con su arte. Aunque la rodilla hinchada es sólo la expresión física de un dolor más abarcador y limitante, el dolor que significa ver a sus mayores entregados a la negación sistemática de su historia, envueltos en una hipocresía que margina al payaso, al cómico, por el sólo hecho de no sumarse a la silenciosa fiesta del ocultamiento. Y precisamente sus mayores llevaron al país a un estruendoso desbarranco. Los mayores son sus padres, su familia. Él, un exitoso comerciante del lignito empeñado en mantener en todo momento las buenas costumbres; aunque no es lo único que mantiene, también mantiene a una amante bien instalada en un departamento. Ella, la madre del payaso, una beata tacaña perteneciente al "comité central de las agrupaciones para conciliar las diferencias raciales" que, sin embargo, no dudó en enrolar en la DCA a su hija Henriette, de 16 años, porque "todos deben hacer de su parte para echar a los judíos yanquis de nuestro santo suelo alemán". Y al payaso le duele, porque Henriette murió algunos días después, cerca de Leverkusen, sin que supieran siquiera dónde quedó enterrado su cuerpo; dónde, finalmente, los gusanos hicieron su trabajo. Un fondo putrefacto asienta la vida familiar, recubierto, eso sí, por una higiene maniática, engañosa, en la que el aseo del cuerpo parece un ritual de exculpación, una bella ceremonia que, sin embargo, marca la distancia radical con el payaso. En los buenos tiempos, él acostumbraba a mirar desde la cama del hotel de turno, deslumbrado –el asombro intacto del buen payaso-, cómo su novia emprendía la minuciosa tarea de limpiar sus partes. Uno de los números de Schnier se llama la “Partida y la llegada” y, según explica, la gracia de la representación es que en algún momento el espectador no sabe si el payaso está llegando o está partiendo. Y la vida del payaso, su novela, trasmite esa sensación extraña de nunca llegar ni salir de ninguna parte. Es un ser anómalo, ajeno, que aunque parece estar de regreso a su Bonn natal, en realidad es allí donde está más lejos de todo y de todos. Más que un regreso es una caída en picada, donde el abandono de su novia es sólo la representación de un desamparo radical y definitivo. Ella lo ha dejado para casarse con un católico beato, la nueva casta que ha sabido instalar sus dominios sobre las ruinas de un país culposo. Es un religioso, un político. En definitiva, un administrador de los miedos y la fe de los corderos. Pero son ellos los cínicos, los profanos, porque pese a todo el payaso conserva una religiosidad profunda y sentida, aunque no sepa ni quiera definirla más allá de ese dolor que lo vincula con lo trágico, con la caída, con el exilio.